Cuatro décadas atrás, un temblor destrozó el corazón de México. Aunque las heridas persisten, la esperanza de reconstruir sigue viva.

Arturo Valverde tenía 12 años y apenas unas cuantas semanas de haber entrado al primer grado de secundaria cuando el sismo del 19 de septiembre de 1985 cambió su vida y la de millones de habitantes de la Ciudad de México.

Valverde estudiaba en la Escuela Secundaria Diurna 3, también conocida como “Niños Héroes”, un plantel ubicado en la céntrica avenida Chapultepec. A la hora a la que se empezó a sentir el temblor, las 7:19 de la mañana de ese jueves, la mayoría de los profesores y alumnos estaban en el patio esperando formarse para pasar a sus salones.

Al principio —recordó—, el movimiento de la tierra motivó entre los adolescentes “gritos de relajo”, que se transformaron en silencio, sorpresa y miedo cuando las ventanas comenzaron a romperse y la construcción colapsó. El desplome se produjo en solo unos segundos y generó una extensa nube de polvo que cubrió todo el lugar.

“Fue un instinto alejarnos del edificio”, dijo Valverde, convencido de que él y algunos de sus amigos lograron salvarse porque corrieron de inmediato.

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