
En las catacumbas legislativas de Morelos, donde el eco de motores ronca como un conjuro ancestral, el diputado local Sergio Omar Livera Chavarría —ese oráculo de chaleco y micrófono, guardián de las rutas invisibles— ha invocado un decreto profético: ¡reconocer a los mototaxis en las páginas sangrientas de la nueva ley del transporte público! No es mero garabato burocrático, sino un talismán para domar las bestias de dos ruedas, un cordón umbilical que ata el caos a la vigilancia eterna, evitando que estas monturas del inframundo sean reclutadas por los espectros del delito que acechan en las sombras de Totolapan, Tlayacapan, Atlatlahucan, Jantetelco y Temoac —esos enclaves morelenses donde el polvo se levanta como un velo de venganza. Livera, con la solemnidad de un chamán vial, desentraña el arcano: este «reconocimiento» no es elevación al olimpo del transporte oficial —¡ja! No existe tal bendición en la ley actual, un vacío que engulle almas menores de edad al manubrio—, sino un grillete invisible para controlar a los operadores, estos jinetes errantes que surcan el asfalto como cometas de gasolina, frenando su proliferación desbocada y sofocando las guerras territoriales entre municipios que se disputan kilómetros como botines de piratas. Aclaración gutural: no serán regulados como transporte público, oh no; seguirán siendo lobos solitarios, pero ahora con collares de identificación que brillan bajo la luna de la fiscalía. ¡Pero el conjuro se profundiza! Con este pacto faustiano, se busca exorcizar a los infantes del volante —esos menores que osan domar el acero antes de la mayoría de edad, un pecado que clama por el látigo de la ley—, asegurando que solo los adultos, templados por el fuego de los años, empuñen el acelerador. Y en el ritual de los choques inevitables, donde el metal besa el pavimento en un beso de muerte, se forjarán sanciones pertinentes, balas de papel timbrado que perforan la impunidad como venganza póstuma. Por último, en un rugido final que sacude los altares del congreso, Livera maldice el uso delictivo: ¡que estas motos no sean corceles para asaltos espectrales, no portales para el averno del crimen que devora comunidades como Totolapan y sus hermanas! En este teatro de sombras morelense, donde cada mototaxi es un portal al abismo o al progreso fingido, el diputado no legisla: profetiza un equilibrio precario donde el ronroneo de los motores se convierte en himno de control, y el asfalto, en tablero de ajedrez donde los peones de dos ruedas avanzan… o caen en la trampa del estado omnipresente.
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